CAPÍTULO VIII : QUERER ES PODER

Hay que establecer con antelación un plan de acción para nuestra “Voluntad de Superación” para que llegado el momento del titubeo, desconfianza o dejadez, no nos hagan desistir con sus innumerables y discordantes voces todo estímulo que produce el entusiasmo de ánimo.
Como en cualquier trabajo los primeros días son los más difíciles, penosos y complicados. Ocurre porque el ser humano necesita tiempo para adaptarse a la nueva situación. Cuando uno ha perdido el ánimo y el valor generalmente suele encontrase en un estado de baja autoestima, depresivo o estresado. Incapaz de pensar y actuar acertadamente flaquea y desanima demasiado pronto ante una mente profundamente desvitalizada por un entorno social sordo y ciego al auxilio, al apoyo o a la solidaridad que todo Ser excluido injustamente de su entorno social demanda. En estos casos el derrumbamiento o la desmoralización está servida. Grave sentimiento de debilidad que divide y disgrega, envicia y desmoraliza, desanima y desalienta todo estímulo de resurrección, de lucha, de creer en uno mismo, de anular lo que verdaderamente somos capaces de realizar, y así, de tanta repetición uno acaba creyéndose lo que sólo está en su imaginación. Perturbador pesimismo que nutre y alimenta los infinitos fantasmas que pululan a su antojo en el enfermizo estado anímico, sometiendo lucha y libertad -que la naturaleza siempre intenta liberar para contrarrestar efectos perniciosos-a la acostumbrada resignación, obediencia o dejadez dictatorial de un cuerpo corrupto cuya cobardía e indecisión resulta notoria. Forma habitual de esclavitud que aborta toda posible “Voluntad de Superación”. Es el comienzo de pésimas decisiones donde el individuo se convierte en prisionero de sí mismo al faltarle en su endeble espíritu el suficiente ánimo, audacia o atrevimiento, para echar por la borda la inutilidad de una vida mal vivida y peor soportada. En estas condiciones, imposible resulta al ser humano reír, cantar o bailar, prisionero en una jaula creada por él mismo por hermosa y dorada que sean sus rejas. Con esos pesados bagajes resulta arduo y difícil luchar y combatir cuando temor, hábito o rutina, nos infectan de tal manera que no somos lo que debíamos ser porque sin darnos apenas cuenta hemos pasado a formar parte del inmenso rebaño del no Ser. El fracaso, la incertidumbre, el hastío, sin presente ni futuro, crean una víctima más que le aprisiona en un largo y gélido invierno que nunca termina.
El estado de conciencia no puede, una vez tomada la decisión de emprender el camino de la resurrección, vacilar con angustias, culpas o castigos, debido a la flojedad de un espíritu pusilánime incapaz de mirar la maravillosa belleza del firmamento estrellado que nos indica la enorme suerte de haber nacido. Este paso tan decisivo implica en nuestro existir la autenticidad o la falsedad de vida que debemos escoger, asumiendo con todas las consecuencias que una vez muertos y enterrados en la profunda fosa del olvido habremos menospreciado la más grande fortuna que pueda recibir criatura alguna: nacer y vivir.
¿Cómo vamos a emprender una lucha sin cuartel cuando nuestro ejército se encuentra bajo de moral, desorganizado y temeroso por sus propias flaquezas? Preguntará algún pesimista.
Regenerar significa hacerse más fuerte, potenciar nuestros estímulos de ánimo o fortificar nuestras defensas, por consiguiente, regenerar espíritu, mente y cuerpo debe ser el primer trabajo de obligado cumplimiento.
Ahora bien, si el cuerpo se encuentra deteriorado o desvitalizado difícilmente podrá realizar convenientemente cualquier orden que se le imponga. Si a uno de estos individuos le obligamos comer alimentos naturales, hacer ejercicio todos los días o ducharse con agua fría, inmediatamente el cuerpo se rebelará contra estas nuevas innovaciones capaces de sacudir a un muerto viviente y resucitarlo a la vida. Las disonantes voces de sus obcecados enemigos sonarán en su mente en todo momento, aparecerá la desidia, el desánimo o la desmoralización que acobarda el ánimo o el valor para realizar una cosa. Se necesita por ley natural cierto tiempo de adaptación para que el cuerpo comience su regeneración. Y, aquí, aparece nuestro mejor amigo, la “Voluntad de Superación” el único capaz de recogernos del suelo cuantas veces caigamos por golpes recibidos, de no entregarse nunca y volver una y otra vez con el firme propósito de no desfallecer, luchar o combatir, con esfuerzo y tesón por aquello que soñamos y deseamos. Y con seguridad, cada cual lo conseguirá según sea la valentía, el tesón y el coraje que emplee en un combate que sólo pierden aquéllos cagones acostumbrados a comer en el pesebre, arrodillarse ante cualquier pelagatos o a convivir con el hábito de quejarse toda una vida sin hacer nada para remediarlo.
¿Qué esperas? ¿Acaso aún titubeas?
Abre la ventana de una vez por todas y que el aire freso de la mañana llene tus pulmones y espabile tu adormilado cerebro porque el maravilloso amanecer pronto cubrirá de sonrosados colores el nuevo día.
¿Alguno de vosotros pide ilustrar la segunda regla? ¿Sí? Entonces os presento a Silvia W. dependienta de una tienda de regalos de Barcelona, 33 años, soltera y amante de perros y gatos callejeros a los que protege y cuida.
Abandonó su pueblo natal a la edad de 27 años en busca de mejor porvenir.
Años después. Despedida de su empleo a causa de la terrible crisis económica que azotaba el país. Sin apenas ahorros, un futuro incierto y un subsidio de desempleo que apenas llegaba para soportar el alquiler, demasiado pronto, se ve en la calle. Como desgraciadamente suele suceder en estos casos por arte de magia desaparecen de su entorno, amigos, compañeros y conocidos. Los huesos de sus nudillos se atrofian de tanto repicar ante unas puertas cerradas a cal y a canto que de vez en cuando se abren para oír, como siempre, las mismas palabras, idénticas frases o las hipócritas condolencias de quienes pudiendo ayudar a remediar tan triste situación miran por su desmedido egoísmo hacia otra parte.
Obligada por la adversidad cae en el mundo de la prostitución: Vejaciones, palizas y continuas violaciones por parte de animales con cuerpo humano.
El alcohol altera su natural belleza asomando con execrable sonrisa un rostro de vejez prematura repleto de muecas y arrugas. Daño y estropicio que se convierte en pesadillas, alucinaciones, escándalos y otros trastornos anímicos que alborotan, inquietan y sobresaltan sus desquiciados nervios transformando su antigua esencia espiritual en otra perversa y demoniaca.
Tabaco: Tos continua, pulmones atrofiados, mal aliento, lengua seca y saburrosa…
Droga: La convierte en piltrafa humana.
En este miserable y desdichado entorno el suicidio resulta una bendición.
Sin embargo, por causas desconocidas, al amanecer de un día gris y lluvioso de finales de otoño, bajo la arcada del Puente Viejo, en las afueras de la capital, tras soportar una interminable noche de frío y ventisca de un terrible manotazo aparta con incontenible rabia los cartones que levemente resguardan su aterido cuerpo de la escarcha matutina y con paso firme y decidido abandona el lugar.
En la orilla de aquél pestilente y contaminado río de escasas y malolientes aguas, sentada sobre un pedrusco comienza por primera vez en muchos años a reflexionar y meditar sobre la cobardía que implica todo suicidio. De súbito, sin causa justificada se le abre un mundo de infinitas posibilidades. Abandonar la vida sin lucha, derrotada, aniquilada y vejada por la corrupta sociedad de nuestro tiempo es lo último que desea realizar.
Resurrección o muerte no hay otra salida.
Si el fracaso la rodea por todas partes debe establecer un plan de acción y ejecutarlo hasta las últimas consecuencias.
A partir de ese momento, la mente se convertirá en la indispensable herramienta que usará para alcanzar la cima de la montaña que la liberará de todos los males.
A quién camina con los bolsillos repletos de telarañas y con un futuro escasamente halagüeño, piensa que si tu situación la tildas de pésima, mala o catastrófica, la de Silvia W. era mil veces peor, aunque en ciertos momentos la droga le aliviaba el dolor del vivir, la muerte era para ella el mejor de los regalos.
Generalmente el drogadicto carece de voluntad. Abocado a un pesimismo desalentador, a la falta de interés por la vida y el vivir, al desafecto a sí mismo y por el rechazo y la exclusión social en el que se ve sometido, su situación se torna insostenible al depender únicamente del estupefaciente que debe consumir, sí o sí.
En la mayoría de los casos, cuando la metástasis del deterioro alcanza todos los órganos del cuerpo y la mente desvitalizada y vacía de contenido atrofia incluso los últimos estertores de un espíritu menospreciado por su misma sombra, resurgir de tanto caos y miseria parece misión imposible.
Sin agua y sin alimentos imposible resulta sobrevivir. De análoga manera para discurrir, meditar o reflexionar acertadamente se requiere una buena nutrición de la que Silvia W carecía.
Somos lo que comemos y lo que leemos. Por eso, crear una cosa en la imaginación, encaminarla hacia su verdadero objetivo y finalizarla con sentido universal, a todas luces resultará irrealizable si con anterioridad no desechamos todo aquello que nos perjudica. Si nos alimentamos de comida basura y carecemos o menospreciamos la “Voluntad de Superación”, indispensables carburantes que activan la mente, difícilmente podremos alcanzar la meta soñada. Porque si el cuerpo se encuentra profundamente enfermo dado su escaso vigor, fuerza o resistencia, resulta impotente salvar cualquier obstáculo dada su endeble fragilidad. De idéntica manera ocurre con el pensar, que por flaqueza de ánimo y sin apenas poder de voluntad cualquier impedimento, por fácil que para otro sea, se convierte en algo insalvable al desfallecer y apagarse el motor del ánimo por carecer de estímulo alguno dada su escasa vitalidad. En ambos casos, nos convertimos en un grano más del inmenso enjambre humano que vive sin vivir dada su decadencia tanto en lo físico como en lo moral.
Y así, existe en cada Ser el milagro real y verdadero que en algunos casos de extrema necesidad surge como maravilloso hálito de vida cuando a la desfallecida voz de auxilio su eco repiquetea y se expande obstinadamente, una y otra vez, en el interior de nuestro mundo anímico.
Fenómeno o prodigio que facultó a la naturaleza humana de Silvia W. el desgarrador grito de lucha, coraje y tesón por levantarse de una vez por todas de la gran inmundicia y aferrarse al esperanzador rayo de luz llamado “Voluntad de Superación” que de súbito puso claridad donde antes había perversa oscuridad, alumbró cierto atisbo de ilusión y esperanza donde sólo existía el gélido frío del pesimismo que culpa y castiga, hiere y mata.
Aunque marginada por la sociedad y tirada como vulgar colilla a cualquier alcantarilla, en supremo esfuerzo, enarboló el invisible estandarte de la revolución. Revolución contra todo y contra todos.
La mayoría de los “yonquis” quieren curarse. Pero ni pueden ni los dejan, dada la inefectividad de unos tratamientos inadecuados a su especial estado anímico. Suprimir el síndrome de la abstinencia repleto de angustias, sufrimientos y desgarradores dolores, es el primer objetivo a conseguir. Resulta cierto que la metadona rebaja los efectos, pero no es una solución. En todo caso, si el heroinómano callejero habitual necesita imperiosamente el consumo de droga, como los pulmones el oxígeno, parece imposible salir del círculo de hierro que aprisiona y asfixia a los drogadictos. Pero el milagro espera paciente. Sólo necesita el desesperado grito de la “Voluntad de Superación” para despertar del profundo letargo. Y, ello es así, porque ante todo el drogadicto o enfermo debe querer curarse sobre todas las cosas. Con lo cual, podemos deducir que si el equipo terapéutico resulta conveniente y necesario todavía lo es más la disposición curativa del individuo, que en definitiva obrará el milagro.
Decidida y valiente, sin arrendar tamaño desafío comenzó a caminar etapa tras etapa soportando con estoica valentía lo insoportable.
Cinco días estuvo en huelga de hambre a las puertas del Hospital. Con toda razón quería ser tratada como un ser humano enfermo y no como una asquerosa drogadicta.
Volvió a su pueblo.
Con el tiempo los rayos del sol ahuyentaron la depresión. Los efectos de la droga fueron debilitándose con una alimentación vegetariana, ejercicio físico, mental (yoga) y la constante reflexión armónica de un espíritu que con la ayuda de la madre naturaleza comenzaba a palpitar de belleza y dicha interior, especialmente cuando el firmamento nocturno alumbraba la vida y el vivir con el inmenso enjambre de diminutas y rutilantes estrellitas que impregnadas de humildad y sencillez la transportaban en arrebato hacía un nuevo existir.