CAPÍTULO VI : EL MISTERIO PARA SABER VIVIR

El principio de la libertad como del saber vivir reside en la salud. Salud es fuerza, potencia y “Voluntad de Superación”.
El pensamiento y su dinámica se nutre y alimenta en la constante actividad que, ante todo, debe desarrollar el verdadero Ser. La vida y el vivir dejan sin efecto su verdadero significado universal si carecen de movimiento, imprescindible base energética de toda evolución porque motivan el sentido anímico del verdadero Ser cuyo único lema consiste en vivir y dejar vivir respetando las leyes naturales.
Surge el problema cuando los elementos tóxicos que cobija el ser humano se enquistan de tal manera en el cuerpo que suele resultar tarea ardua y difícil cuando, una vez descubiertos intentamos desalojarlos de un espacio que no les corresponde.
En caso de salud la vitalidad posee un preciado don llamado regeneración capaz de obrar el asombroso milagro de reconstituir, reformar o recuperar cualquier daño que haya sufrido nuestro cuerpo tanto físico como psicológico por medio de la “Voluntad de Superación”.
El débil con su ay o con su miedo y temor se convierte en esclavo de sus propios lamentos.
Por tanto, amigo de los bolsillos repletos de telarañas, buscaré para mejor comprensión en el archivo de la memoria una hermosa historia de muerte y resurrección esperando que su lectura pueda alumbrar posibles dudas que como malignas sombras oscurecen tu entorno y porvenir.
A, Robert W. J.r. joven norteamericano de color, nacido en Nueva York, en el famoso barrio de Bronx, la vida le sonreía con esa acaramelada felicidad que mires por donde la mires todo parecer de color de rosa.
Acomodada y respetable familia. Excelente empleo como profesor de matemáticas de Instituto. Atractiva novia. Amigos. Piso propio. Coche. Vacaciones…
Días antes de la boda todo ese encantador mundo se desmorona como castillo de naipes debido a un lamentable accidente de tráfico. De súbito, ese inquietante y misterioso hado encargado de encadenar esos sucesos considerados como fortuitos o causales hunde al joven profesor en un profundo abismo donde la ruleta de la desgracia lo transforma en breves instantes en un ser inútil y paralítico, cuyo único apoyo y sostén consiste en una inseparable silla de ruedas que le confina de por vida a la melancolía y a la soledad absoluta. A partir de ahí, comienzan a procrear, crecer y multiplicarse los sangrantes colmillos de la angustia, miedo, ansiedad, depresión o estrés emocional.
Las últimas palabras del médico estrujando con rabia la radiografía se repiten y repiten en su atormentado cerebro, día y noche, semanas y meses, hasta tal punto, que incluso con el pasar de los años imposible le resulta desembarazarse de este estigma tan maligno.
Pierde novia, trabajo, amigos….Enterrado vivo por decisión propia apenas sale de la triste penumbra de su habitación. Con el espíritu desvitalizado, la mente vacía y un cuerpo inerte por la inutilidad de unas piernas que aunque se ven ya no están.
Con demasiada frecuencia y quizás rayando en la obsesión compulsiva, en todo momento solía observarse detenidamente el rostro en el pulido espejo del cuarto de baño. Su angustia y zozobra crecía y agrandaba al comprobar cómo, con el paso del tiempo, el terrible deterioro de la depresión iba transformándolo en el no Ser. Se le encanecía el pelo, las arrugas surgían por todas partes, los demacrados ojos de mirada amortiguada y triste anunciaban la imparable y precoz vejez que desintegraban del existir a un ser humano totalmente desvitalizado ante la pérdida de toda esperanza e ilusión por un futuro de oscuras e inquietantes tonalidades.
Sin embargo, por el simple hecho de olvidarse de agachar un palmo la persiana de su habitación, cerrada a cal y canto durante todo el año, un espléndido amanecer a principios de primavera es despertado por el escandaloso piar de un diminuto jilguero posado sobre el alfeizar de la ventana.
Aunque el pajarillo sale de estampida levantando el vuelo, atónito se queda al contemplar sus ojos como entre risas, burlas, insultos y exclamaciones de todas clases, tras las espaldas de un pequeño parque, sobre un espacio abandonado se disputa un reñido partido de baloncesto.
¿Paralíticos jugando al baloncesto?
A excepción del corpulento árbitro, hombre de fuerte carácter y poblado mostacho, todos los jugadores sin excepción compiten sobre sillas de ruedas. La velocidad, la valentía y el indomable tesón que emplea cada uno de ellos en busca de la victoria le deja con el asombro reflejado en el rostro.
A partir de entonces, tras reflexionar largamente la “Voluntad de Superación” comienza a germinar milagrosamente en un cuerpo seco, terroso y sin vida, a sacudir la modorra, el hastío, la rutina, el hábito y la costumbre, al entrever unas posibilidades de resurrección que de no ser por el insignificante pajarillo nunca hubiera advertido.
El joven de color ya no puede dormir con las ventanas cerradas que le incapacitaban para contemplar el sol, la luna o las estrellas. A la mañana siguiente los esplendorosos rayos del astro rey le dan los buenos días.
Absorto tras los cristales del ventanal cavila, medita y la ilusión hace el resto.
Participar en el juego, en las risas y en el vivir, le motivan a superarse cada día y, la “Voluntad de Superación” se limita simplemente a que empeño y coraje no decaigan en ningún momento. La imagen que percibe el alma se transforma en idea, la idea en proyecto y con el transcurrir del tiempo imparable emerge la esperanza y la ilusión de participar como atleta paraolímpico en los próximos Juegos de Brasil.
Había resucitado de entre los muertos un hombre enterrado vivo por su propio pesimismo, baja estima, estrés emocional o el miedo y el temor que conlleva el desaliento, la desesperanza o la desilusión.
Abandonar de antemano la lucha o huir de toda confrontación convierten –como ya hemos comprobado-al Ser en esclavo de sus propias debilidades.
No esperes nunca en tu ventana la improvisada aparición del jilguero porque lo más seguro es que nunca llegue. Pero sí puedes por medio de la reflexión, la voluntad y el “Poder de Superación” expulsar a los numerosos demonios que aún se cobijan en los profundos recovecos de tu angustiado cerebro.