CAPÍTULO V : APRENDER A SONREIR

La motivación mental bien razonada apoyada en la reflexión debe prevalecer siempre frente a lo que piensen los demás, a las críticas o a posibles confrontaciones que pueda suscitar duda o impedir alcanzar el objetivo programado de antemano.
Si se duda o titubea ante esta gran aventura mejor olvidar el proyecto.
Continuar postrado viendo transcurrir la monotonía del paso por nuestra vida de las lunas y los soles representa el gran drama del ser humano. La razón por conseguir la finalidad de aquello que se aspira es el mejor nutriente que pueda avivar la voluntad hacia el afán o el anhelo de conseguir la posesión o el disfrute de una cosa.
Todo lo existente intenta evolucionar en su trayectoria vital. El hombre, lo mismo que una semilla, germina, nace, crece y al final produce frutos y semillas y así sucesivamente. La negación a la finalidad nos convierte en la perpetua incapacidad de todo progreso biológico. Quien así piensa y actúa degenera al Ser convirtiéndole en lo que no es. Es decir, al anular la actitud de deseo y finalidad crea por su perenne desidia e inmovilidad el espantapájaros humano, figura fantasmal, inarmónica, triste y solitaria incapaz de toda evolución. En este inquietante contexto el hombre se transforma en perdedor nato, censura, murmura, critica o maldice, culpando al mundo de sus desdichas cuando simplemente debemos achacarlas a nuestros propios defectos que tanto nos afligen: ignorancia, falta de ánimo y voluntad.
Con frecuencia aparecerán en nuestro largo recorrido numerosas trabas y obstáculos pero ninguno será insalvable si no perdemos la capacidad de lucha que nos protegerán del miedo, temor o cobardía. Preludio de una silenciosa batalla que poco a poco iremos ganando a medida que vayamos potenciando y superando los aspectos más importantes de nuestro existir. Desarrollar paciencia, constancia y sobre todo debemos cultivar educación y sabiduría con arreglo a las leyes naturales para que el No Ser poco a poco se convierta en el Ser auténtico, verdadero y feliz por lo que luchamos y combatimos.
Piensa y reflexiona que mientras seamos dominados por las fuerzas externas en el plano psicológico a través de una educación irracional totalmente equivocada y dirigida por muchos intereses bastardos, entre ellos, los poderosos medios de comunicación, convierten al hombre en un incauto pelele, inestable marioneta movida por los invisibles hilos del hábil titiritero que impunemente penetra sin permiso alguno en nuestro propio domicilio y con llamativo colorido, palabras acariciadoras o música celestial, inexorablemente nos conducen al pesebre del animal de carga. Nos emboban con sus flamantes discursos, promesas que no se cumplen, mentiras sobre mentiras que pese a formar verdaderas montañas de engaños dada la supina ignorancia de un pueblo vulgar, primitivo y escaso en inteligencia se pasma creyendo tantos embustes como el famoso tonto del pueblo.
¿Para qué sirve la sangrienta historia humana si el ignorante nada aprende? Cometimos muchos errores en el pasado, de nuevo aparecen los mismos errores en el presente y de la misma manera acontecerá en el futuro. Y, así, dada la supina ignorancia del lerdo pueblo siempre vemos en la cima del poder los mismos rostros o lo que dicen los viejos del lugar “los mismos perros con diferentes collares”. En fin, bien merecido lo tenemos porque si ellos son los verdaderos culpables de nutrir y alimentar con execrables toxinas la forma de pensar, vivir y actuar, excitando nuestras emociones con el enardecido estímulo de alcanzar lo inútil por la desbocada ambición que siempre conlleva la posesión, la ganancia o el botín, su efectos nos arrastran a la turbulenta vorágine al dejarnos engañar y someter a una inquietante competición que obliga al Ser a sostener una lucha desesperada por sobrevivir, al fracaso y a la desvitalización de un espíritu completamente alejado de las leyes naturales. Pretensión, ambición o deseo transforman a los seres humanos en simples fantoches encarrilados por la dependencia a la domesticación más absoluta donde predominio y poder en su maligna astucia nos ata de por vida con grilletes de hierro al sometimiento de unas leyes corruptas que ante todo niegan la verdadera justicia, la equidad o la libertad.
En este oscuro contexto, ignorancia, temor y miedo, se convierten en el tóxico sustento que pudre y debilita el alma, la mente y el cuerpo en un reducido espacio ajeno a toda esperanza de futuro.
En nuestro caso, será la denodada lucha que vamos a entablar contra esos invisibles espectros fantasmales atrincherados en nuestro cuerpo que ni viven ni dejan vivir el objetivo fundamental para domar y frenar aquello que más nos perjudique. Si carecemos de una jerarquía única que mande y ordene sobre el resto difícilmente será oída y obedecida esa sustancia espiritual e inmortal llamada alma o espíritu, capaz de entender, querer o sentir, y, cuya obligación es informar al cuerpo humano aquello que más interesa y conviene. En definitiva el espíritu debe regir sobre la mente y ésta sobre el cuerpo porque cada uno de nosotros debe estar subordinado a lo que es superior en grado evolutivo, proceso biológico que de incumplirse, como desgraciadamente ocurre en nuestro tiempo, crea un caos que nunca puede garantizar la debida armonía entre las partes y el todo.
Para mayor comprensión expondremos un sencillo ejemplo.
Si el cuerpo de un alcoholizado no obedece a quién le es superior en inteligencia, como de hecho lo es la mente, al intentar garantizar el armónico funcionamiento de las propias funciones biológicas, la desobediencia de las órdenes conlleva un caos general de irreparables daños físicos llegando a deteriorar todo el cuerpo con intolerables dolores y sufrimientos tanto físicos como psicológicos. Simplemente ocurre porque al desarmonizarse la escala humana de valores, espíritu, mente y cuerpo, por cuerpo, mente y espíritu, convierten en añicos la leyes evolutivas con lo que el orden, la armonía y el equilibrio crean un desmedido síndrome de abstinencia cuya adición al vicio somete a todas y cada una de las células del cuerpo. En este caso concreto mandará la materia sobre la inteligencia y ésta sobre la Finalidad trascendental y metafísica que corresponde al alma. Desarmonía que convierte al hombre en simple bruto.
La “Voluntad de Superación” no aspira ni codicia el poder, pero manifiesta la fuerza dominante del espíritu humano cuando se lucha por una causa justa en un mundo donde el débil tarde o temprano siempre termina postrado ante el poder del fuerte.
Sin “Voluntad de Superación” no existe resurrección posible.
El artista, el deportista o cualquier profesor de instituto necesitan animar esa poderosa potencia espiritual si desea finalizar con éxito su trabajo. Única manera que sea valorado al máximo nivel por sí mismo y por los demás.
Veamos que le ocurre al corredor del Maratón.
El atleta que participa en esta larga carrera debe poseer, voluntad de poder, actitud de superación, lucha, sacrificio y, considerable esfuerzo, de esta manera, aleja de su mente ineptitud o incapacidad, miedo o temor, debilidad o fatiga cuando ya cansados, los ojos vislumbran la meta.
Algo maravilloso acontece en el interior del cuerpo humano. Pese al agotador recorrido, al sudor o al cansancio de improviso surge la alegría, el gozo, la satisfacción y la felicidad que inunda de sanas sensaciones hasta la última célula de nuestro cuerpo por el logro conseguido cuando las fatigadas piernas logran traspasar el final de la meta.
Pero no olvides, amigo de los bolsillos repletos de telarañas, que antes de correr el Maratón resulta de obligado cumplimiento si de verdad sueñas conseguir el anhelo de evitar para siempre los espectros fantasmales que te siguen y persiguen allá donde vas: Depresión, estrés, baja autoestima, miedo al rechazo social, soledad… inevitablemente debes atravesar campos repletos de abrojos y espinas, sacrificio y lucha. La constancia y tenacidad en el logro del propósito dependerá de la calidad de tus pensamientos, es decir, el temor debe convertirse en valor y la inseguridad en la confianza si deseas al final del camino lucir en tu frente la invisible corona que premia al héroe vencedor de dioses, monstruos y hombres.
En el momento comience la prueba quedan abolidos para siempre culpas y castigos, esclavos y amos, cielo o infierno. Todo pasa a un segundo plano porque solo impera la “Voluntad de Superación”.