CAPÍTULO IV : LOS PROBLEMAS DEL VIVIR

Los cotidianos problemas del vivir aparecen cuando la mente nos intenta chantajear por su incapacidad dado el exiguo valor espiritual. Falta de decisión que suele frenar de inicio cualquier confrontación, limitando la concepción de la respuesta a frases rutinarias donde repetidas excusas depositan la máxima potestad en manos de fantasmales espectros psicológicos.
Con estos antecedentes resulta difícil solucionarlos por la escasa fe en nosotros mismos, la invisible malignidad de la ignorancia, la rutina, el hábito o la costumbre.
Cuando por cualquier circunstancia se desmorona el mundo exterior y nos sentimos perjudicados de análoga manera acontece en el anímico. Pérdida de empleo, de un ser querido, el abandono familiar o la exclusión social, entre otros, encuentran cobijo en un cuerpo desvitalizado incapaz de superar cualquier adversa situación. Entonces aparecen los primeros síntomas de angustia, soledad, sufrimiento, dolor, depresión o baja autoestima y en vez de sobreponernos a cualquier fatalidad o desdicha con la lucha y el coraje necesario para enfrentarnos a ellos, incluso en cosas nimias y sin apenas importancia nos volvemos irresolutos, tímidos o temerosos, desánimo que suele remediarse culpando a los demás de nuestras propias desgracias.
En el hombre actual, decidme, ¿Dónde se cobija la valentía? ¿Dónde la intrepidez? ¿Dónde la dignidad? ¿Dónde…dónde…dónde…? Prácticamente ya no existen virtudes porque el ser que piensa y razona se ha convertido por medio de su miserable cobardía en víctima de sí mismo. Esta cautividad o sujeción de recóndita cobardía fija con invisibles alfileres al sometimiento y a la esclavitud de un ánimo en continuo temor, miedo y zozobra. Síntomas enfermizos que tarde o temprano se convertirán, de no remediarlo a tiempo, en la putrefacta carnada que irremediablemente atrae al drama o la tragedia.
Incrusta bien en tu mente lo que te voy a decir: Jamás esperes entre ay y lamento el milagro que nunca llega.
Víctimas de repelentes defectos somos incapaces de afrontar la realidad. En casos desesperados demasiado a menudo nos involucramos hasta la saciedad en culpas y castigos inexistentes. Flaquezas que generan descoordinación, recelo y desconfianza con nuestro entorno vital. Pésima actitud ante el constante acecho del obcecado autocastigo al sentirnos culpables de nuestras propias desgracias.
No estamos preparados para soportar condiciones adversas. Hasta una simple tormenta asusta y deprime. Por todo ello, resulta de obligado cumplimiento vitalizar nuestro cuerpo, física y emocionalmente para poder sobrevivir y salir victorioso de cualquier batalla del existir por cruenta y feroz que sea.
Por todo ello, potenciar al máximo la “Voluntad de Superación” resultará a partir de ahora nuestro único y gran objetivo.
¿Qué significa, “Voluntad de Superación”?
Consultemos el diccionario: Voluntad es la potencia del alma que mueve hacer o no una cosa.
Superación: Exceder, vencer, aventajar, destacar o dominar, tanto a las personas como a las cosas en cualquier línea.
Lógicamente deduciremos que la” Voluntad de Superación” es la capacidad innata que posee cualquier individuo capaz por la potencia, la fuerza y la pujanza del alma conseguir lo que a simple vista parece arduo, difícil y, en ocasiones imposible. Sana ambición por alcanzar aquello que se desea. Convertir en realidad el sueño de nuestra vida. Expandir al exterior la energía creativa. Es decir, resucitar la disposición talentosa e inteligente de cada individuo con objeto de aprovechar sus mejores aptitudes y cualidades.