CAPÍTULO III : AFRONTAR LOS MIEDOS

Todo este contexto repleto de empalagosos discursos donde la crisis económica va y viene como pelota de tenis no es la causa fundamental que angustie el alma, ni el origen del daño moral o físico que apenas te deja conciliar el sueño. La crisis que más incordia y duele es la podredumbre anímica que te roe por dentro el espíritu como voraz carcoma desvitalizando al Ser para convertirlo en el No Ser.
Su malignidad alcanza espíritu, mente y cuerpo.
Por tanto, amigos de los bolsillos repletos de telarañas, ha llegado el momento de intentar con todas las fuerzas a nuestro alcance salir como sea del infestado saco de pútrido contenido, respirar aire puro y vitalizar un cuerpo oxidado por su perenne atrofia, aletargado por el frío de la escarcha que permanece desde mucho tiempo en su espíritu y cuyos constantes escalofríos de angustia y temor apenas dejan vivir.
Cuando el individuo carece de la suficiente voluntad de poder, ese esfuerzo de ánimo, de valentía o de impetuosa decisión capaz de alcanzar aquello que desea y suspira, se encuentra prisionero tras los barrotes de la gran tragedia de nuestro tiempo. Sin lugar a dudas es un Ser desvitalizado, temeroso e incapaz de sobreponerse a una especie de invisible enfermedad cuya metástasis altera negativamente con la inquietante e imparable ansiedad a quien la padece.
Cuando no existe ilusión o esperanza tanto en el presente como en el futuro, comienzan a procrear y desperezarse en cualquier ignorado recoveco de la mente esos enfermizos monstruos de mil cabezas llamados, entre otros, baja autoestima, angustia, estrés o depresión… Temibles fantasmas, invisibles, asolapados, astutos y sobre todo de perversa malignidad, obcecados en repetir y repetir como prolongado eco de ruidoso tambor el pesimismo, la negación, la derrota y el hastío del vivir. Tensión emocional tanto física como psicológica causadas por excesivos estímulos cuyas imparables emociones inculpan al sujeto hacia una especie de estado fóbico cuyo resultado final, de no recuperarse a tiempo, pueden desembocar en verdaderas tragedias. A partir de ahí, se amontonan las quejas, se buscan culpables a nuestras desdichas, a nuestros fracasos a un inútil derrotismo que de antemano provoca el lamento, la protesta, el gruñido o el dolorido clamor del abandono, sin posibilidad alguna de reflexionar y meditar sobre la verdadera realidad de las cosas.
En este desalentador contexto, nos convertimos en víctimas de nosotros mismos. Víctimas por no saber superar con éxito estas situaciones que por desgracia se repiten apagando la bombilla de luz que aunque tenuemente aún alumbraba parte de nuestra mente.
¿Cómo escapar de la oscuridad más absoluta?
Suprimir este caos y esta confusión resulta de obligado cumplimiento cuya imposición moral debe regir nuestra voluntad de lucha si no queremos transformarnos en la inservible inutilidad de un espantapájaros capaz de no poder alejar de su alrededor los innumerables pájaros de mal agüero que lo incordian.
Así es que, amigo de los bolsillos repletos de telarañas, o lo tomas o lo dejas. Pero si te decides a cumplir el contenido de esta especie de manifiesto revolucionario ponte las pilas y respira hondo porque a partir del próximo capítulo voy a enseñarte a pensar con racionalidad, a aflorar la autenticidad de ese maravilloso Yo que apenas conoces, aumentar tu estima, a creer en sí mismo, a ser valiente, intrépido y tenaz y, sobre todo, a sobrevivir con éxito en una sociedad de pervertida moralidad sin que te salpique la nauseabunda mierda que infecta de egoísmo e hipocresía sus múltiples rostros.
Pero ante todo, vaya la verdad por delante.
Nadie piense que el camino que vamos a emprender pueda ser de vinos y rosas, si no todo lo contrario. Los peores enemigos que vas a encontrar serán tu propia flaqueza, desánimo o desaliento, que como asolapados y astutos ladrones intentarán por todos los medios robarte la vida y el vivir. Pero si a semejanza de los héroes antiguos aguantas con denodada “Voluntad de Superación” sin dejarte dominar, avasallar ni abatir por el desaliento que germina en la cobardía y que quita el ánimo o el valor de acometer una aventurada empresa, ten pon seguro que no habrá enemigo real o irreal que pueda detener al caminante desahuciado que busca el elixir que más desea y, como el sagaz y astuto Ulises, regresar sano y salvo de la gran aventura sin apenas rasguño alguno pese al maravilloso canto de las atrayentes sirenas que por todas partes intentarán hacer fracasar el arriesgado proyecto.